viernes, octubre 29, 2004

Humo

Son las cuatro y cinco de la tarde, la clase comenzó hace tan sólo unos minutos. Una profesora expone un nuevo tema igual de aburrido que el anterior. No puedo evitar mirar por la ventana, afuera hace una cruda tarde de invierno, adentro el aire pesado de un aula que no se ha ventilado en mucho tiempo.
El chasquido del primer encendedor corta la monotonía de la clase. Espero que la profesora haga algo, que lo detenga. Pero no es así, nunca es así. Los fumadores nunca piensan en el resto de la gente. Nunca tiene en cuenta que el humo puede molestar al resto. Pienso en mi madre que dice que para ella el humo del cigarrillo huele más desagradable que la mierda, o que un vómito. Le doy la razón.
Como si hubiese sido una señal que el resto estaba esperando con ansia, comienza la habitación de escaso tamaño a llenarse del humo espeso de los cigarrillos. En breves instantes este lugar se transforma en una neblinosa Londres en la que ya no puede verse claramente el pizarrón. Alguien debería hacer algo, me digo, sin saber qué.
De pronto la solución me parece clara. Me paro y abro las ventanas de par en par permitiendo al humo escapar. Claro que mi solución también le permite al aire entrar limpio y helado del exterior. Respiro hondo mientras me preparo para la primer protesta a mi acto efectivamente terrorista.
-Hace tres grados bajo cero, ¿para qué abrís la ventana? ¿Querés que nos agarremos todos una pulmonía?
- Mejor una pulmonía que un cáncer de pulmón. Está prohibido fumar acá, si quieren que cierre apaguen los cigarrillos.
-¡Eh, qué ortiva que sos! No jodás que hace frío. Bancatelá, ¿qué te jode tanto?
-Bueno, loco, si quieren fumar vayan afuera, o aguántense el frío.
Un par aplaudieron mi respuesta. La profesora se paró decidida a poner fin a la discusión, anunciando que a partir de ese momento no se podrá fumar en el aula. Los que deseen fumar podrán salir. Luego me dice que cierre las ventanas porque nos estamos congelando.
Sigo pensando que fumar en lugares cerrados es una falta de respeto. Me alegra mi victoria, pero se que la próxima clase se habrán olvidado de lo que pasó recién y volverán a fumar. Es una lástima que nadie tenga en cuenta los sentimientos y la salud del prójimo. Me amarga pensar en que no puedan esperar un par de horas sin su droga, porque a mi que no me vengan a decir que el cigarrillo no es una droga, si todos andan como adictos fumando un pucho tras otro sin saborearlo siquiera.
Por fin termina la clase, me apresuro por salir a la calle. Ni bien piso la vereda busco desesperadamente en mis bolsillos, encuentro mi atado de cigarrillos y enciendo uno. Aspiro con fuerza. ¡Qué bien se siente!

domingo, octubre 24, 2004

¿Cómo saber...

¿Qué tan fuerte debe el viento soplar para acallar los gritos de aquellas almas devoradas por el destino? ¿Qué tanto puede aplacarse la sed de aquellos inocentes que desean cambiar el futuro?
Tan solo una leve brisa podría destapar la montaña de ilusiones que oculta la razón de los olvidados y encender la llama que torcerá el destino del mundo.
Aún la perfección puede arder.
Sólo hace falta una idea para encender la mecha y convertir en cenizas el palacio de cristal.
La masa inerte abandonará la muerte para tomar en sus manos el poder de modelar el destino y cortar los hilos que teje en algún lado la parca.