lunes, agosto 16, 2004

Una historia naif

Despertar
Por HARUKA


Me despierta el zumbido de una maquina que descansa junto a mi cama. Un flash multicolor se lleva la modorra que hace tanto tiempo me mantiene dormida. Mis ojos parpadean ante esta nueva luz que inunda la habitación. Mis primeros movimientos son torpes e imprecisos, como los de un recién nacido. Miro mis manos pálidas, suaves y tersas; parecen otras, casi como si jamás hubiesen realizado trabajo alguno. Es maravilloso, como un sueño, pero más real, completamente real.
Al levantarme, quedo fascinada, mi cuerpo es tan liviano, todo el peso que sobre él cargaba ha caído. Después de un prolongado letargo, he nacido mariposa. Ahora ya puedo volar, dejando atras mi cuerpo de oruga. Soy libre, y al fin bailo descalza sobre el frío del suelo. Juego con los cálidos rayos de luz que revolotean a mi alrededor, invitándome a salir, a descubrir el mundo.
La ventana me llama, el nuevo día me saluda. Todo se ve tan bello, el sol brilla en el cielo, los pájaros cantan las melodías de la primavera, hay unos niños en el jardín junto a la casa.
Unos hombres y mujeres entran apresuradamente a la habitación. Quiero saludarlos, tocar sus blancas vestimentas, contarles que la alegría me embriaga, pero están tan ocupados en su trabajo. Me despido de ellos con una sonrisa y salgo al patio junto a mi ventana. Me reúno con los niños para jugar mil asombrosos juegos. Me divierten y me contagian su mágica inocencia. Camino junto a ellos que con sus sonrisas angelicales me guían a un paraíso, a una paz antes desconocida.
Llegamos, casi sin quererlo, hasta la puerta. Un primer vistazo del exterior me dice que el mundo esta en calma, no hay coches en la calle y todo se ve un poco solitario, un poco nostálgico. Las rejas de hierro del portón se me aparecen como salidas de una de esas viejas fotografías de mansiones descomunales de la revista "Ricos y Famosos".
De repente, un ómnibus escolar se detiene frente a nosotros, reluciente, flamante aún con su pintura saltada y sus neumáticos viejos. Abre sus puertas y los niños suben revoltosamente, trepándose por la escalerilla como si lo hubiesen esperado toda su vida.
Vacilo un segundo, estoy como clavada al suelo. Siento un poco de temor, miro atrás y me doy cuenta de que tal vez es nostalgia. El antiguo edificio blanco parece llamarme, tratando de retenerme. Entonces el conductor se asoma y dulcemente pregunta:
- ¿La llevo, señorita?
- ¿Por que no?- Le contesto con una sonrisa en los labios, y de un salto parto hacia mi destino.

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En la habitación, antes bulliciosa y rebozarte de trabajo, todo parece inmóvil, como si el tiempo se hubiese abandonado al silencio por unos escasos segundos. Uno de los hombres de blanco mira su reloj y hace unas anotaciones. Poco a poco todo comienza a despertarse nuevamente, la vida recobra su curso, el tiempo vuelve a marchar. Los médicos despejan la habitación, y en una carpeta solitaria se lee: "HORA DE LA MUERTE: 16:45".