viernes, agosto 20, 2004

HAce unos días escuché a una profesora decir que los jovenes no tenemos ganas de estudiar, se me revolvió el estómago. Claro está que no soy joven, estoy cerca de cumplir 26 años, sigo estudiando e intentando trabajar (para poder seguir estudiando y para, de vez en cuando, comer) en esta ciudad en la que hay más oportunidad de ganar al loto que de conseguir un trabajo decente (que más que un trabajo es un contrato de esclavitud).
Es cierto que la mitad de los que estan en la universidad son des-cerebrados que solo pretenden aprobar el mínimo de materias suficientes para obtener el título (que dicho sea de paso, no sirve para un carajo), del resto de los "estudiantes", la mitad se dedican a la política universitaria, así que no tienen necesidad de cursar materias, estudiar ni rendir examen. Mágicamente aprueban las materias (para las cuales el resto de los idiotas nos hemos roto el culo). En fín, la facultad se puede compara con el colegio Howarts, todo desaparece por arte de magia (y lo que aparece es como salido de un cuento de espanto).
Bien, me fui de tema, la política universitaria apesta (sobre todo porque se parece a la política de verdad). Pensé hace un tiempo en escribir sobre lo que hago, mi carrera y el por qué la elegí. Pues la cosa viene así, hace unos años estudiaba yo biología, cuando por desgracia tuve un desmayo y me descubrieron un tumor (de algún tipo) y tuve que dejar de estudiar porque los médicos no daban con la razón de ser de mi tumor. Se hablo de cancer, se le dijo maligno, benigno, se lo llamo heterotópico, y nada, jamás resolvieron nada. Inconcluso quedó todo ya que yo decidí que no iba a esperar la muerte y mucho menos que un grupete de catedráticos se resolviera sobre mi futuro. Así fue como decidí que estudiaría otra cosa, algo más alejado de la medicina (la biología venía a presentarseme como la prima hermana de la medicina). Y me crucé a Periodismo. No porque creyera ser en un lejano futuro un Pulitzer, sino por la simple pasión que siempre me ha generado la escritura. Claro que sufrí al plantearme si debía estudiar Letras o Periodismo, y he de confesar que lo que me decidió fue la vagancia, es decir, le escapé a la gramática. De este modo singular llegué a la Facultad de Periodismo, la fac, la fuck...

lunes, agosto 16, 2004

Una historia naif

Despertar
Por HARUKA


Me despierta el zumbido de una maquina que descansa junto a mi cama. Un flash multicolor se lleva la modorra que hace tanto tiempo me mantiene dormida. Mis ojos parpadean ante esta nueva luz que inunda la habitación. Mis primeros movimientos son torpes e imprecisos, como los de un recién nacido. Miro mis manos pálidas, suaves y tersas; parecen otras, casi como si jamás hubiesen realizado trabajo alguno. Es maravilloso, como un sueño, pero más real, completamente real.
Al levantarme, quedo fascinada, mi cuerpo es tan liviano, todo el peso que sobre él cargaba ha caído. Después de un prolongado letargo, he nacido mariposa. Ahora ya puedo volar, dejando atras mi cuerpo de oruga. Soy libre, y al fin bailo descalza sobre el frío del suelo. Juego con los cálidos rayos de luz que revolotean a mi alrededor, invitándome a salir, a descubrir el mundo.
La ventana me llama, el nuevo día me saluda. Todo se ve tan bello, el sol brilla en el cielo, los pájaros cantan las melodías de la primavera, hay unos niños en el jardín junto a la casa.
Unos hombres y mujeres entran apresuradamente a la habitación. Quiero saludarlos, tocar sus blancas vestimentas, contarles que la alegría me embriaga, pero están tan ocupados en su trabajo. Me despido de ellos con una sonrisa y salgo al patio junto a mi ventana. Me reúno con los niños para jugar mil asombrosos juegos. Me divierten y me contagian su mágica inocencia. Camino junto a ellos que con sus sonrisas angelicales me guían a un paraíso, a una paz antes desconocida.
Llegamos, casi sin quererlo, hasta la puerta. Un primer vistazo del exterior me dice que el mundo esta en calma, no hay coches en la calle y todo se ve un poco solitario, un poco nostálgico. Las rejas de hierro del portón se me aparecen como salidas de una de esas viejas fotografías de mansiones descomunales de la revista "Ricos y Famosos".
De repente, un ómnibus escolar se detiene frente a nosotros, reluciente, flamante aún con su pintura saltada y sus neumáticos viejos. Abre sus puertas y los niños suben revoltosamente, trepándose por la escalerilla como si lo hubiesen esperado toda su vida.
Vacilo un segundo, estoy como clavada al suelo. Siento un poco de temor, miro atrás y me doy cuenta de que tal vez es nostalgia. El antiguo edificio blanco parece llamarme, tratando de retenerme. Entonces el conductor se asoma y dulcemente pregunta:
- ¿La llevo, señorita?
- ¿Por que no?- Le contesto con una sonrisa en los labios, y de un salto parto hacia mi destino.

---

En la habitación, antes bulliciosa y rebozarte de trabajo, todo parece inmóvil, como si el tiempo se hubiese abandonado al silencio por unos escasos segundos. Uno de los hombres de blanco mira su reloj y hace unas anotaciones. Poco a poco todo comienza a despertarse nuevamente, la vida recobra su curso, el tiempo vuelve a marchar. Los médicos despejan la habitación, y en una carpeta solitaria se lee: "HORA DE LA MUERTE: 16:45".



78

La ironía y el sarcasmo son características de mi generación. Soy de los que nacimos mientras los ecos del mundial 78 apagaban los gritos de terror de los desaparecidos por la dictadura. Soy de los esépticos, los que ya no queremos creer en las utopias porque sentimos el dolor que creer en ellas causó a nuestros padres y abuelos.
Viví toda mi vida en un país ideologicamente arrasado, corrupto y carente de sentido, donde los politicos son un cancer terminal que no cesa en su expanción. Toda mi vida he visto como maltrataban gente, como el pueblo se empobrecia, como cada vez somos más desocupados, más incultos, mas abominables. Duele la impotencia de saber que no se puede hacer nada, duelen los niños en las calles y duelen los ancianos pidiendo limosna. Duele la miseria. Es una herida que desgarra el alma y sin embargo cada vez que camino por las calles de la ciudad lo ignoro todo, descreo de todos ellos, "Andá a laburar, che" les digo para protegerme del verdadero significado del hambre.
Es que vengo de una familia en la que se valora el esfuerzo, y antes morir de hambre que pedir limosna. Si no se puede laburar hay que ponerse a estudiar y matar el hambre del estomago dandole de comer al cerebro, mi cerebro tiene hambre de conocimiento y mi corazón de sabiduría. Por ello estudio y busco trabajo en un país que está maldito. Pocos son los que consiguen éxito, los demas somos los explotados, los que trabajamos 10 o 12 horas por día para ganar un sueldo que apenas alcanza para pagar los gastos de transporte para ir todos los días a trabajar. "Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar" dice mi viejo mientras labura de sol a sol para bancarnos los estudios, pagar la hipoteca y mantener la casa. El mensaje es contradictorio, como todo en este país. Pero deja en claro una cosa, mi viejo cree que nosotros los jovenes podemos sacar este país adelante (si es que los que gobiernan no lo venden primero).

sábado, agosto 14, 2004

Almas gemelas

Algo que escribí hace mucho tiempo, trata sobre el amor y la vida aunque hable de la muerte.



Almas gemelas
Por HARUKA



El departamento de la calle Los aromos al 1600 estaba en perfecto orden y resultaba un verdadero testimonio de sus ocupantes. El décimo piso tenía tres ambientes. Un amplio ventanal daba al balcón e iluminaba el living durante las horas de sol. Los pisos eran de parquet y estaban prolijamente encerados. En un mueble cerca de la entrada con un mantelillo que otrora fuese blanco cubriendo sus estantes, se podían ver fotografías que recorrían toda una vida o dos vidas fuertemente unidas por un lazo sagrado. La niñez en el campo, ambos tomados de la mano, el paseo en sulki, la primera comunión, los cumpleaños, las fiestas, sus primeras vacaciones juntos, el casamiento. Todo estaba allí, documentado por el sepia del tiempo.
En la cocina todo era pulcritud, los platos estaban limpios y guardados en sus respectivos estantes del aparador. Las alacenas contenían gran cantidad de conservas caseras, todas prolijamente etiquetadas y selladas. Un repasador sobre la mesa era lo único que denotaba que había habido presencia humana en aquel departamento apenas horas antes.
En el living había un hermoso sofá tapizado en marrón. Frente a él, el televisor ocupaba el espacio central. Ciento veintiséis canales de televisión por cable se recibían en aquel aparato. En una mesa baja junto a la ventana, en una esquina de la habitación había un jarrón con flores aun frescas. La ventana entreabierta permite que el living permanezca ventilado y que Misty, la fox terrier de tres años salga al balcón a su antojo. Del otro lado, la biblioteca. Viejos libros con hermosas encuadernaciones, la mayoría artesanales. En los cajones, las cartas ordenadas atadas con cintillas, un atado por cada remitente, ordenadas según la fecha en la que fueron recibidas. Todo era un vivo testimonio de quienes ocuparon el departamento.
En el dormitorio, la cama matrimonial de madera oscura, parecía recién hecha. Ni una sola arruga podía verse en ella. En la pared, sobre la cabecera de la cama, una imagen de Cristo y un delicado rosario de ónice. Los cajones de la cómoda contenían pañuelos planchados y ropa interior, a la derecha la de él, a la izquierda la de ella. El cajón superior hacía de costurero, unas cuantas bobinas de hilo, un alfiletero, una tijera y algunos elásticos sueltos. En el ropero entreabierto podían verse los trajes y vestidos colgados cada uno de su respectiva percha.
A cada lado de la cama, una mesita de luz con un mantelito tejido a crochet y una lámpara eléctrica. En una de ellas había un reloj despertador. En la otra un sobre escrito a mano. Dentro de él, una carta manuscrita.
En el balcón, media docena de macetas con bellas y cuidadas plantas adornaban el barandal. En el centro del mismo, una escalerilla plegable de cinco escalones.
Abajo, en el pavimento, él yacía a escasos metros de ella. Se miraban, y sus brazos se extendían hacia el otro, como intentando un último abrazo.